Mente y Cerebro: Primera Parte

Queridos lectores,

Os he de confesar un hecho peculiar que aconteció durante mi niñez. Los cuadros hablan. Sí, lo hacen. Y saben más de uno, de lo que uno sabe de sí mismo. Desde mi perspectiva, el maestro de todos los cuadros no fue “un Picasso” o “un Dalí”, fue uno bien sencillo y cuyo autor de dicha obra, por aquel entonces, no tuve el detalle de fijarme, hecho que a día de hoy me inquieta.

Como ya os he dicho, ese cuadro se comunicó conmigo perfectamente. Aún siendo mudo y estando colgado en la pálida pared,  el fresco cerebro de un niño de apenas unos 5 años de edad estaba analizando con todo el detalle que le era cognitivamente permitido aquella imagen y poniendo en danza una serie de interpretaciones, intentando adivinar cuál de éstas era la más acertada.

Y es que creo haberlo visto, o bien en mi casa, o en casa de alguno de mis familiares. Pero volviendo al párrafo anterior, retrocederé un poco hacia atrás en el tiempo.

Recuerdo haber estado en un lugar en el que había unos pocos cuadros. Ese lugar podría ser, perfectamente, cualquier hogar. Caminé por un pasillo y recuerdo que uno de ésos me llamó subliminalmente la atención, ya que en aquel momento el destino de mis andaduras no era el de ponerme a contemplar aquellas obras de arte.

Así pues, de algún modo me llamó, me avisó, se comunicó conmigo e, involuntariamente, acepté la invitación de buen gusto. Pero yo no sabía de qué iba todo aquello, yo solamente era un títere e inconscientemente, sin yo saberlo, me estaba preparando para un silencioso interrogatorio.

Me puse justo enfrente de él y alcé la cabeza para poder contemplarlo con mayor claridad. Lo que observé, en principio, no parecía que fuese un acontecimiento relevante, o tal vez sí que lo fue. Eso se vio posteriormente. ¿Pero qué es lo que vi?

Vi una imagen en la que se podía observar dos niños que estaban sentados en la fresca hierba del prado, y digo fresca porque el hermoso color verde casi eléctrico que tenía hacía que yo me imaginase estar sentado en aquél hermoso lugar. Pero no sólo era bello el campo, el juego de luces que realizó el pintor hizo que el Sol estuviese, por unos momentos, congelado en la imagen. Pero había algo más. En el campo se podía vislumbrar una pareja de jóvenes que estaban sentados y acariciaban un esbelto y melenudo león.

No sé qué pensaríais si observaseis un león plenamente tranquilo y que era acariciado, sin temor alguno, por dos jóvenes de corta edad. En aquel momento, una rápida interpretación me vino a la cabeza: aquello era el cielo. Sí, aquello debía de ser el cielo, porque cómo iba a ser posible que el ser humano estuviese en plena armonía con un ser que infunde respeto y temor (no piensen en el ser humano de la ciudad; sino aquel que está en la sabana cara a cara con el peligro de que una de estas criaturas pueda malherirles).

Pero, ¿Por qué afirmar que aquello era el cielo? La razón es sencilla: aquel cuadro había pertenecido a gente que vivió hace mucho tiempo, de modo que era muy probable que el significado fuese aquel.

Sin embargo, otra idea de mucha mayor intensidad vino de inmediato a mi mente, tanto que me marcó hasta la actualidad. La idea consistía en un mundo futuro en el que los seres humanos no teníamos la necesidad de temer a los grandes depredadores, ni a ninguna criatura viviente en especial. El hecho de que estuviesen sonriendo hombre y bestia me daba a entender de que ambas especies se entendían perfectamente, cada una conocía las intenciones de la otra y sabía actuar en consecuencia para lograr estados recíprocos de bienestar, que tanto anhela el ser humano y del que hay veces que se le escabulle de las manos, debido a que aún no ha logrado conocer el entorno que le rodea y, mucho menos, a sí mismo.

De modo que aquel cuadro me ayudó a encontrarme a mí mismo, a hallar un rincón de mi Universo del que no tenía constancia, porque es evidente que no me habló y que fui yo el que puso la idea en mente.

Los siguientes años de mi vida irían acompañados de una creciente obsesión e intención de poder entender agudamente el comportamiento de los seres vivos, en especial, de un selectivo grupo del que me siento exquisitamente fascinado: delfines, orcas, ballenas jorobadas, cuervos, keas, chimpancés, etc. están todos ellos en mi punto de mira y quiero saber más sobre ellos.

En la actualidad, deseo entender dos cosas relacionadas con lo que estudio: la inteligencia animal y el cerebro. Esta entrada solamente es la introducción de un tema que será tratado en la próxima entrada que publique, de manera que actuará de puente o enlace. En ella, pretenderé esbozar y argumentar una serie de ideas que algunos consideran innovadoras y de las que hace tiempo que tengo en mente,  cuyo tema principal será el misterio del cerebro. Espero que os haya gustado. Nos vemos en la siguiente entrada.

Un cordial saludo,

Adrián Ch.

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Acerca de Adrián Chahboun

"Sé la mejor versión de tí mismo".

Publicado el 29 septiembre, 2013 en Reflexiones científicas y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Me ha gustado mucho y espero a leer la siguiente entrada. Si tienes la oportunidad deberías leer un artículo de la revista investigación y ciencia de este mes, sobre el comportamiento animal frente al duelo, es increíble! 🙂

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  2. Adrián Chahboun

    Sí, leí el artículo! Está muy bien la verdad. Suelo leer esta revista con bastante frecuencia. En principio la siguiente entrada relacionada con el tema está prevista el jueves, aunque si se puede poner antes, se hará.

    Un saludo y muchas gracias por comentar. =)

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